Mente en blanco, voto ennegrecido

Quería escribir sobre las próximas elecciones en España desde el punto de vista de las diferentes tácticas y estratégicas de cada partido político. De cómo adaptan los diferentes jefes de campaña las nuevas tecnologías, los fakenews, y las cortinas de humo o globos sonda en su beneficio. En definitiva, como buscan en contenedores y basuras, votos y el mejor partido cuando no hay nada nuevo que decir, ni proponer y sólo se habla sobre lo que ha dicho o ha dejado de hacer el “oponente o futuro aliado” aspirante presidencial.

Deseaba fabular sobre todo eso y más, pero tenemos unos políticos que en campaña lo dan todo; hasta tal punto  que te dicen lo que debes escribir, pensar, titular, leer, y hasta no votar. La entrega es tal, que hasta te dan las pautas para saber a cuales consideran sus enemigos íntimos, los adversarios directos, y el resto, son sólo siglas políticas tan alejadas de su propia ideología, que únicamente las podría acercar para un consenso utópico, el incendio de una catedral, un atentado terrorista, o un terremoto de fuerza 7.

Y pese a que, durante el 80% de la pre-campaña y el 95% en campaña-campaña se la pasen los aspirantes a la presidencia de España, hablando a gente que saben que les van a votar y que el máximo apogeo de sus mítines es, cuando dicen a voz en grito, aquello que no van a hacer o prohibir. Ellos insisten en que este sistema funciona, que las encuestas no son de fiar, (tanto o menos que sus programas, creo yo); y que cuando se pasan horas hablando del gran temazo que no es otro que Cataluña y su independencia, para el 90% del resto de los también españoles, ese tema en concreto, es el número 15 en lo que a preocupaciones reales se refiere.

Mientras invierten horas  e ingenio (supuestamente) los equipos de campaña en escribir tiwts en nombre de los números 1 al 5 de cada partido, e inundan las redes de bombas exclusivas caducadas, respuestas envenenadas, promesas imposibles, descalificaciones rodeando la legalidad e informando de casi nada de su propio partido.

Entonces es cuando aparece el tema de los debates, cuándo, dónde, cómo y con quién. La guerra de las televisiones que exigen su derecho a su parte del pastel, y si hay debate sobre el debate, mejor que mejor. Todo ello para oírles decir lo mismo de siempre, pero sin cartel con miles de fans detrás. Verles en vivo y en pantalla; con detalles estudiados y palabras medidas, con gestos seguros y dudas atractivas, con chistes malos y burlas controladas. Todo un espectáculo ajeno a la verdad, que es lo que importa.

Porque la verdad en estos casos no cuenta para nadie. Ni está ni se le espera: si la oyésemos no la entenderíamos, o peor aun, no daríamos crédito y la tildaríamos de demagogia barata. La verdad se ha visto tantas veces profanada en política, que los protagonistas del circo hace tiempo que se han olvidado de ella, y se dedican a utilizar datos estadísticos e informes de dudosa procedencia, creando cada uno su realidad y su verdad.

bombilla tierra

Pero realmente, en verdad os digo, yo no me creo nada. Los votos no dan escaños dan poder para generar dinero, odio y titulares. Un discurso es como la imagen de la bombilla con la plata en su interior, es muy bonita, estéticamente agradable, pero realmente imposible, venden ideas con fronteras rodeadas de campos asolados de errores y valores. Todo lo reducen a una idea escondida en una bombilla perdida. Si te lo crees pierdes.

Y no creo a los dirigentes que piden dimisiones para evitar problemas y no solucionarlos, cuando pierden el valor de la palabra político.  Ya no recuerdan, como los peces, que trabajan para todos y sobretodo, para el bien común, y también para aquellos que no les votan, ni les entienden.

Ganará la imagen y el miedo, el chiste y la demagogia; pero para mí he ganado yo. Escribir sin mencionar nombres ni partidos, no decir nada que nadie no sepa, sin embargo al leerlo cada cual lo asume como suyo; y sobretodo, no digo nada que nadie no quiere oír. Soy un político deseando un escaño, de audiencia. Me vendo, como todos, sin precio ni valores.

Pero nunca gano yo, ni la verdad.

 

 

 

 

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